Una sesión cuesta 40 €. Los bonos son tres: 110 €, 210 € y 330 €. El alquiler mensual son 800 €, sin permanencia, con entrega e instalación incluidas. La compra depende del modelo y se cierra con presupuesto por escrito. Esas son las cuatro cifras. El resto de este texto explica qué compromete cada una y para quién tiene sentido.
El objeto de la decisión
El BEMER es un producto sanitario de clase IIa con marcado CE. El fabricante define su finalidad prevista como "estimular el flujo sanguíneo en los vasos sanguíneos pequeños y muy pequeños (microcirculación), y aliviar determinadas condiciones clínicas", y describe la terapia PEMF como "un tratamiento coadyuvante" que "no puede sustituir a una terapia prescrita médicamente". Esa redacción es del fabricante y ha pasado por la evaluación de un organismo notificado. No procede añadirle nada por encima.
Hay dos contraindicaciones que conviene resolver antes de mirar tarifas: portadoras y portadores de implantes médicos activos, como marcapasos o bombas de medicación, y receptores de trasplante en tratamiento inmunosupresor. Si alguna de las dos aplica, la conversación económica no llega a empezar, y es mejor saberlo en el primer minuto que en el tercer pago.
La sesión suelta y los bonos
Una sesión en el centro cuesta 40 €. Los bonos son tres —110 €, 210 € y 330 €— y el precio por sesión baja conforme sube el bono. El desglose de sesiones de cada uno está en /bemer/, que es donde se mantiene actualizado; repetirlo aquí solo serviría para que algún día una de las dos páginas mienta.
Esta ruta sirve para una cosa concreta: usar el equipo sin tenerlo, y sin comprometer nada más allá de las sesiones contratadas. Quien quiere probarlo dos veces paga 80 € y ahí termina el asunto. Quien lo usa de forma ocasional, unas pocas veces al mes y sin intención de incorporarlo a una rutina diaria, también está en el sitio correcto.
El alquiler mensual
800 € al mes, sin permanencia. El equipo se entrega instalado en el domicilio y se retira al terminar; entrega e instalación van incluidas en esa cifra. Sin permanencia significa que la renovación es mensual: para no renovar basta avisar con quince días de antelación. El alquiler exige además una fianza reembolsable, cuyo importe y condiciones de devolución constan en el contrato. No es un coste, pero sí un desembolso que conviene prever.
La aritmética es directa. 800 € equivalen a veinte sesiones de 40 €. Quien vaya a usar el equipo más de veinte veces en un mes paga menos alquilándolo; quien vaya a usarlo menos, paga menos yendo al centro. Un mes de uso diario cruza ese umbral el día veintiuno.
El alquiler es, además, la única de las tres rutas pensada para la duda. Un mes en casa informa sobre el encaje real —horario, espacio, constancia, quién más lo usa— mucho mejor que una sesión suelta. Y si la respuesta es que no encaja, el asunto se cierra por 800 € y no por el precio de un equipo.
La compra
El precio depende del modelo. No se publica una cifra única porque no la hay: la configuración varía según el equipo y los accesorios. Por eso la compra se cierra con presupuesto por escrito, entregado antes de que nadie pague nada.
La operación se formaliza en la tienda oficial del fabricante. La garantía y el servicio técnico son los del fabricante, no los del distribuidor. El acceso se hace mediante un enlace de distribuidor autorizado, y por esa vía el fabricante paga una comisión al distribuidor. El precio que paga el comprador es el mismo con enlace que sin él. Esto se dice aquí, y no en una nota al pie, porque es información que cualquiera querría tener antes de hacer clic y no después.
Lo ya probado se descuenta
Hay dos descuentos establecidos y los dos van en el mismo sentido. Una sesión suelta previa se descuenta del primer mes de alquiler. Y si después del alquiler se adquiere el equipo, el último mes de alquiler se descuenta del precio de compra. El efecto práctico es que probar no penaliza: el dinero gastado en averiguar si el equipo encaja no se pierde al dar el paso siguiente. Los importes y sus plazos se fijan por escrito antes del pago, porque un descuento que solo existe de palabra no es un descuento.
A quién le conviene cada ruta
Conviene decir primero la parte incómoda. A quien quiere probarlo dos veces, comprar no le sirve de nada. Dos sesiones son 80 €. Un equipo son varios miles de euros. La diferencia no es de grado, es de categoría, y no hay argumento comercial que la salve.
Para la duda, el alquiler. Es la respuesta correcta para casi todo el que llega sin tenerlo claro: un importe cerrado, con preaviso de quince días para no renovar y con el último mes descontado si después se compra.
La compra tiene sentido cuando el uso previsto es diario y prolongado. La comparación vuelve a ser aritmética: alquilar de forma continuada cuesta 9.600 € al año, y frente a esa cifra el presupuesto por escrito del modelo concreto se compara solo. Si el uso previsto se mide en años, la compra gana; si se mide en semanas, pierde. En medio queda un tramo donde la decisión ya no depende del dinero, sino del espacio en casa y de cuántas personas del domicilio lo van a usar. Sobre eso, una tarifa no dice nada.
Lo que no se puede saber de antemano
Ninguna de las tres rutas viene acompañada de una predicción individual, y no se ofrece ninguna. Lo que sí puede describirse es qué ha examinado la literatura publicada. Los cuatro estudios recogidos en /evidencia/ se realizaron en poblaciones distintas —voluntarios sanos, personas con diabetes, adultos hipertensos— y uno de los cuatro es preclínico, es decir, no se llevó a cabo en humanos. Cada ficha indica el diseño y la población, que es la información que permite juzgar hasta dónde llega lo estudiado. Hasta dónde llega lo estudiado y qué le ocurrirá a una persona concreta son dos cosas distintas.
Una estructura de precios no puede resolver esa distancia. Lo único que puede hacer es abaratar la pregunta y mantener reversible la respuesta. Las tres primeras cifras están arriba; la cuarta se entrega por escrito.